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Leer a Dorothy Parker es viajar a un mundo de detalles, de descripciones lúcidas, mordaces e irónicas, de análisis profundos del alma y la apariencia humanas. Su brillante manera de retratar a las personas relacionando su comportamiento con su posición social, sus rasgos físicos y sus expresiones moda, la convierten en una autora única. 

Habitual en las mesas redondas del Hotel Algonquín, la cara B de su existencia fue su inestabilidad personal, siempre haciéndole sombra a su éxito (no he encontrado ni un artículo en español sobre ella que no le ceda al menos la mitad de la importancia a sus vicios y sufrimientos personales). Famosa también por sus célebres citas, no han trascendido tanto otras facetas de su vida como su apoyo e implicación con varias causas sociales y políticas. 

Pero centrémonos en lo que nos ocupa ahora: su extraordinaria capacidad para hacer crónica de moda desde un punto de vista muy profundo, intrincado al máximo con la esencia de los personajes. 

Sin duda sus trabajos en Vogue y en Vanity Fair le aportaron conocimientos y soltura, pero su talento parece provenir de algo más instintivo e independiente, como si su honestidad devastadora le alejara del periodismo de moda al uso.

 

 

Parker tiene una asombrosa capacidad para comprender los valores que se le otorgan a las prendas, a los accesorios, a los tejidos, a los estilos… A través de sus descripciones minuciosas, logra generar unos vínculos bestiales entre la narrativa y desarrollo de los personajes y los elementos moda que salpican muchas de sus páginas: el juego de representarse, la importancia de cada elección, la consciencia de qué lectura hacen los demás del aspecto que un+ ha decidido adoptar, cómo este aspecto puede condicionar la pertenencia a una determinada clase social… 

Nos lleva a plantearnos cómo la determinación social que la moda suele imprimir sobre las personas, segregando y prejuiciando, se diluye mágica y humanamente porque aparecen la personalidad, los matices, el análisis… todo se vuelve más complejo y más interesante y supone una golosina para quien aprecie la moda en la vida…

Y llegamos por fin al anzuelo que quizá os anime a descubrir o releer a esta autora imponente:

En la edición en español de tapa blanda que siempre hemos tenido en casa de Una dama neoyorquina*, el precio aparece en pesetas… me marcó tanto esa primera lectura que años después escogí uno de sus relatos, La Pequeña Sra. Murdock, para desarrollar un proyecto de vestuario que nos propusieron en la escuela, circa 2002. Lo disfruté muchísimo. 

La tercera, y seguramente no la última, ha sido ahora, durante estos últimos 3 meses tan especiales y extraños. 

Fue curioso y resultó un acierto haber escogido este libro sin saber que pasaría meses lejos de mi casa: más allá de que Dorothy rezuma calidad y eso resulta atractivo y relevante en cualquier contexto, hay una razón muy poderosa que hace este volumen totalmente relevante a día de hoy: las múltiples analogías existentes entre el mundo actual y el que la autora escudriñó durante la convulsa primera parte del S.XX, con sus dos guerras y sus correspondientes posguerras, y un adorable y excitante BOOM vital entre ambas. 

                                                                             

Es evidente, nos encontramos ante un artefacto de lectura de rabiosa actualidad. Y para muestra 2 botones:

Canto a la bata, 1941

Nuestra protagonista es la Sra. Martindale, una distinguida aristócrata de carácter noble y caritativo que lucha contra su aversión a la costura, convencida de que la confección de batas para hospitales en plena guerra mundial es una obligación moral que debe asumir como mujer. 

Parece natural y sorprendente a la vez el modo en que nuestra dama gestiona ese paréntesis de dos meses de compromiso a ultranza, en medio de su lujosa vida que por supuesto no incluye tocar ninguna “pila enorme y fea de prendas sin coser”.

Resultan deliciosas las conversaciones durante el proceso de producción de una bata: “Las costuras torcidas pueden incomodar terriblemente a los heridos, ¿sabe?”. 

Nivel de vida

Annabel y Midge pasean por las calles de Nueva York imaginando cómo gastarse fortunas inventadas. Juegan a entrar en tiendas de lujo y fantasean con adquirir pieles o joyas que jamás podrían costear con sus sueldos de taquígrafas.

¿Pero se sienten frustradas al irse con las manos vacías? 

Nada más lejos de eso, esta simulación les place, disfrutan con su interpretación y no ansían más; su energía juvenil, la seguridad que tienen en su encanto personal, su “aspecto llamativo, barato y encantador” suple cualquier ansia que la no adquisición de un lujo pudiera suponerles.

Me encanta la libertad que respiran estos dos personajes que contravienen alegremente las normas de estilo impuestas a las chicas de su gremio… 

 

 

NOTA: No he querido incluir La pequeña Sra. Murdock porque tengo cierta esperanza de reunir los resultados de mi proyecto, vencer la vergüenza y publicarlos aquí en LMQNP. A nivel técnico aportaría más bien poco, pero puede que la energía de la alumna híper motivada y crítica que era -y sigo siendo- arrojara alguna idea interesante. 

*Una dama neoyorkina y La soledad de las parejas son dos antologías editadas en España en los años 90 (integradas por relatos de Fragments for the Living, 1930 y After Such Pleasures, 1933).

 

 

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