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En Diciembre de 2020, tristemente, fallecía Stella Tennant y con ella se terminaba una era. En moda, como en el resto de facetas de la vida, los iconos llegan, nos iluminan el camino y se marchan. Para mí, con Stella se fue también un trocito de mi juventud, de ese momento mágico en que la moda empezaba a tener sentido en mi vida. Tras ella queda todo lo que sin ser probablemente consciente, nos dejó. Una industria que como ella misma decía era un mundo demasiado grande y superficial y que gracias a su paso por ella, terminó siendo un lugar más único, inclusivo e interesante. 

No recuerdo bien cuando la vi por primera vez, pero si recuerdo claramente que desde siempre me impresionaba su capacidad para ser elegantísima importándole todo un pimiento y definiendo ya de paso, un nuevo paradigma de elegancia. Adiós a las rubias tipo barbie, a los modelos de belleza ultrafemenina, relamida y encorsetada, a las niñas buenas, caprichosas y obedientes. Venía una nueva especie de modelo que junto con Omahyra o Kirsten Mcnemany, rompería para siempre los estándares de belleza, de femineidad y de glamour. 

Para mí, Stella era el colmo del molonismo, era de campo, escultora, descendiente de las Mitford (unas hermanas famosísimas en Inglaterra a principios del siglo XX) y en su casa se criaba ganado. Yo de esto sabía poco, solo que era aristócrata, y me intrigaba el hecho de que una niña bien y de campo, representase tan a la perfección el macarrismo de ciudad  más irreverente. No era solo que su físico era super poderoso, sino que su rollo y su actitud eran una peineta al establishment que me hacía siempre sonreír. 

Los noventa fueron la época de las supermodelos pero también fueron el Berlin Parade, las pintas grunges, las bandas de indie rock que barrían los límites de la sexualidad o el mundo rave y todos éramos un poco andróginos. No fue solo Stella, claro está, existía todo un caldo cultural que creó esa furia de rebelión y autodescubrimiento para los adolescentes que en aquel momento nos convertíamos inexorablemente en adultos. Pero Stella lo llevó al Vogue y de ahí a Versace, así que una vez apareció ella, ya nada fue igual.

Yo dejé de querer ser rubia (y popular), de ir a todas partes en tacones y de luchar por embutirme en una talla 38 (por aquel entonces imposible) para llevar el pelo corto, camisetas de fútbol, deportivas asomando debajo de unos vaqueros destrozados y al filo del pubis, tripilla felizmente al aire. Como explica Charlie Fox en su libro “This Young Monster”, ser adolescente es estar lleno de futuros antes imposibles.

Con su partida, aparte de la compasión y tristeza por la persona que sintió que ya no podía más, sentí un profundo agradecimiento a ella y a ese momento en particular de la historia, donde el capitalismo salvaje, los modelos de belleza inalcanzables y una industria de la moda elitista, estúpida e insolidaria no tuvieron más remedio que entender que el futuro empezaba a ser reinventarse y reentenderse o morir. Hay muchas cosas que la moda le debe a Stella Tennant, pero una de las más importantes es que de la forma más modesta e individual, ella obligó a abrir las ventanas de la moda y ventilar. 

La búsqueda de la belleza fuerte, inteligente, andrógina, etérea y macarra de Stella ha inspirado mi trabajo desde el principio y solo por eso, Stella querida, allí donde estés, gracias, gracias, gracias. 

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